Cartas a los huéspedes (1-6).

Saludos.

En los campos al sur del sur, entre sierras y collados, cargando a sus hombros las cotidianas historias, humanas, familiares, de amores y requiebros entre vendimias, aceitunas, cosechas y labranzas, está el cortijo de Don Simón.

En los siguientes escritos esperamos, estimado viajero, poneros en contacto con unas formas de vida, leyendas, anécdotas y sentires que impregnan paredes y tierras de esta casa de labranza que hoy os acoge.

Sentirlos y disfrutarlos.

Cartas a los huéspedes (1) : Bienvenida
Estimados huéspedes:  

A veces tienen que ocurrir cosas extraordinarias para que tomemos conciencia de lo ordinario. La pandemia ha abierto los ojos de mucha gente a algo que tenía delante de los ojos y no lo veía: El campo.

Lo sorprende es que siempre estuvo ahí. El campo no se había ido, éramos los demás los que lo ignorábamos. Se suele decir que solo se aprecia lo que se conoce y el campo era para muchos, el gran desconocido. Suele ocurrir con las cosas cercanas, tan cotidianas que ni las vemos y solo comenzamos a valorar cuando las hacemos a través de la mirada de otros (de los otros).

La pandemia nos ha obligado a mirar a nuestro alrededor y lo que estamos descubriendo nos gusta. Es el campo andaluz ese lugar lleno de historia y de cultura. El campo andaluz no es naturaleza. Es mucho más. Es la naturaleza habitada por la historia y la cultura. Por la primera de todas las culturas o al menos por la primera que incluyó la cultura en su propia definición: la agricultura.

Y de esta cultura en pequeñas dosis iremos hablando en este blog del Cortijo de Don Simón del que hoy, usted lector es huesped . Disfrútelo.

El campo andaluz- Cortijo Don Simón
El campo – Cartas a los húespedes.
Cartas a los huéspedes (2): Escuchar el silencio
Estimados huéspedes:  

Ante todo, agradecerles la decisión de escoger el Cortijo de Don Simón para vuestras vacaciones.   No importan los motivos por los que lo hayan hecho. Descanse. Diviértase. Haga lo que haya venido a hacer. Aproveche su estancia.

No desperdicie esos momentos, al amanecer o al anochecer, en los que se puede sentir la herencia cultural de esta tierra, de este paisaje que, hoy, desde el alfeizar de la puerta del cortijo de Don Simón, usted divisa. Allí en ese horizonte de un mar de olivos hubo una vez un gigantesco bosque mediterráneo que iba desde Tarifa hasta ese norte donde el Mediterráneo deja de tener influencia. Un bosque primigenio en el que habitaban animales que ya no existen (como los uros (Bos taurus primigenius), con hombres que ya tampoco existen como los neandertales. Imagínese el escenario. En alguna parte de ese horizonte cromañones (nuestros antepasados) y neandertales, estuvieron cazando, peleando. También relacionándose, pues aquellos neandertales nos legaron un 5 % de nuestro actual genoma antes de que desaparecieran hace unos 40 mil años, quedando solos nosotros, los autollamados, no sin jactancia, sapiens sapiens.  

La revolución agrícola cerró la puerta del paleolítico, ese largo periodo de al menos dos millones de años durante el que nos hicimos definitivamente humanos y se abrió la del neolítico en el que aún estamos, aunque quizás por poco tiempo.  La suerte estaba echada. La cultura agraria (agricultura) cambio la historia de la humanidad. También la de la Tierra entera. Estos mares de olivos que hoy ve desde la ventana de la casa de Don Simón y esas viñas que rodean el cortijo, son el resultado de aquella revolución que comenzó hace 10 mil años.  Y es toda esta historia aquí resumida con tanto atrevimiento, la que puedes ver cuando miras al horizonte, sentado a la puerta del cortijo de Don Simón.

Porque para sentir el peso de la historia de los hombres, solo tienes que cerrar los ojos, respirar hondo, olvidar todo lo que has dejado atrás y escuchar el ruido del viento. El resto es cosa tuya.

Cartas a los huéspedes (3): Un campo habitado.
Estimados huéspedes:

Gracias por escoger El Cortijo de Don Simón para sus vacaciones.  Hoy, en esta “carta a los huéspedes”, queremos hacerle partícipe de un efecto colateral de su presencia del que tal vez no sea consciente: Con su elección usted esa contribuyendo de manera muy importante a que los campos andaluces vuelvan a ser campos animados. En los últimos tiempos la despoblación del campo se ha convertido en un problema antropológico, económico y político. Nadie hablaba de ello hasta que movimientos ciudadanos como “Teruel existe”, pero, sobre todo, más recientemente la literatura, han hecho suya la despoblación del mundo rural.

Probablemente el primer libro o al menos el que más impacto ha tenido ha sido el de Sergio del Molino.La España vacía: viaje por un país que nunca fue”. Un libro que combina la biografía, la historia y los sentimientos para retratar la cara más dura de la despoblación. Una travesía por el interior de un país deshabitado, con zonas cuya densidad de población se asemejan a la de algunas zonas desérticas del mundo. “Los últimos: voces de la Laponia española” de Paco Cerdá, es un libro donde se relata un viaje por esa “Laponia española” en donde resisten gente que viven en zonas con menos de 8 habitantes por kilómetro cuadrado.

En “La Lluvia amarillaJulio Llamazares cuenta la historia de Andrés, un viejo pastor, último habitante de un pequeño pueblo situado en el Pirineo Aragonés. Una reflexión acerca de la soledad, el abandono y la miseria que han envuelto a su tierra con el paso del tiempo. Una historia también de soledades y de resistencia, la que cuenta Virginia Mendoza en “Quién te cerrará los ojos: historias de arraigo y soledad en la España rural y la crónica, en fin de una muerte anunciada (la de las zonas rurales española) contada por Alejandro López Andrada en: El viento derruido. La España rural que se desvanece.

Hay más libros y hay más historias, y todas tienen el mismo fondo pesimista. Por eso con esa carta solo queremos hacerle ver que, con su elección de hoy, con su presencia aquí, con su vuelta al campo, está usted contribuyendo de una manera real, nada literaria a la solución de esta España vaciada. Que usted se ha convertido en parte de la solución. Que, con su presencia, de alguna forma, está haciendo que el campo sea de nuevo, un campo habitado. Bienvenido.

Cartas a los huéspedes (4): Ecoansiedad
Estimados huéspedes:

¿Han oído hablar de la huella de carbono? Seguro que sí. Es una medida de la cantidad de gases de efectos invernadero (GEI) emitidos por una persona, por una organización, un evento o un país entero.  La huella de carbono se calcula midiendo la cantidad de CO2 producido (o sus equivalentes). Hay GEI inevitables, como el CO2 que usted elimina cada vez que respira y otros evitables como los relacionados con la actividad industrial o la ganadería intensiva.

Hoy hay pocas dudas de que producimos demasiados GEI y que es esta la causa del calentamiento global y del cambio climático. Afortunadamente la naturaleza tiene mecanismos para absorber el CO2 y mantener los GEI dentro de ese frágil equilibrio que permite que el calor del Sol no se disipe demasiado rápido (por eso se llama efecto invernadero) y que el Planeta Tierra disfrute de una temperatura media que permita el milagro de la vida. 

Y uno de los mecanismos más importantes es el de la capacidad de las plantas (en la tierra) y de las algas en el mar, de absorber el CO2, que luego utilizan para la fotosíntesis y producir oxígeno. Por eso se dice que los bosques y el mar son los pulmones de la Tierra. Y ahí delante de usted, tienen un enorme bosque animado, el olivar, que hoy, forma parte de la lucha contra el cambio climático.

Bueno, todo esto, seguramente, usted ya lo sabía. Pero si es de esas personas sensibles que tiene lo que algunos psicólogos llaman “ecoansiedad”, ese nuevo síndrome que padecen algunas personas comprometidas con la lucha contra el cambio climático, pero que se sienten mal por no poder hacer nada para parar el calentamiento global, sepa que con su elección hoy del Cortijo de Don Simón, está contribuyendo a la lucha contra el cambio climático, que es como decir al futuro de la humanidad.

Cartas a los huéspedes (5): Mirando a las estrellas.
Estimados huéspedes:

¿Hace buen día? ¿Está despejado?  ¡No hay ni una nube! Pues aproveche y esta noche coja la senda que sale a la izquierda del Cortijo, bordeando la viña, camino del cerro que hay detrás de la casa, camine unos cientos de metros, los suficientes para penetrar en la oscuridad de la noche, escoja un sitio despejado que tal vez pudo seleccionar mientras había luz del día, extienda la manta y túmbese mirando al cielo, espere unos minutos en silencio y deje que el Universo penetre en su cerebro. Es el infinito lo que observa.

Algunas de esas estrellas que tintinean ya ni siquiera existen. Explotaron hace miles de millones de años y lo que vemos es la luz emitida cuando fueron engullidas por un agujero negro. Todo lo que ve es incomprensible, inconmensurable. Pero usted lo está viendo, observando, comentando. Es, probablemente, el único ser del Universo que puede hacerlo y solo el pensar en este privilegio, estremece.

¿Qué hago yo aquí en esta soledad cósmica? No, no haga tonterías, no se lo pregunte. No hay respuesta. Limítese a disfrutar del espectáculo, de esta fiesta de estrellas sin sentido de la que usted, tumbado boca arriba forma parte y si al cabo de un buen rato no ha sucumbido al síndrome de Stendhal, levántese, recoja la manta y vuelva a casa por el mismo camino. Y será ahora cuando debe tener cuidado con los agujeros negros, pero no con los que devoran esas galaxias de las que solo vemos sus cadáveres, millones de años después de ser engullidas, sino de ese otro agujero, oscuro e invisible que, a ras de suelo, en mitad del sendero, en el descenso puede dar con sus huesos en el suelo.

De nuevo en la casa ya nada será igual después de esta experiencia y cuando le pregunten qué ha hecho allí tanto rato, será incapaz de explicarlo, pues no hay palabras en todos los diccionarios de todas las lenguas del mundo, capaces de incluir el Universo.

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